Hermann, el hombre con el alma de acero

Fuente: eldiaonline.com
15 junio, 2013

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En el barrio de Juventud Unida, en un patio abierto, con piso de tierra, sin techo ni paredes, se inició la empresa más importante de la Argentina en su rubro. Las condiciones no eran las mejores pero eso no le importó a Alejandro Hermann a la hora de poner en marcha una ilusión. Se bajó del camión y se puso a trabajar en un sueño, aunque confesó que nunca creyó que se pudiera materializar en las dimensiones que hoy alcanza.

 Nota de: Carlos Riera

 Tiene esa carita de viejito bonachón, de cachete colorado y ojos claros, pero con las manos grandes, ásperas y curtidas por una vida de trabajo. Simpático y con una risa contagiosa. Es de esas personas con las que uno podría quedarse horas hablando porque tiene una historia de vida muy particular. Con sus manos, su bien más preciado, supo construir la empresa metalúrgica de acoplados más importante de la Argentina. Un dato anecdótico: no pudo terminar la escuela primaria.

Nació en Campo Cinto, cerca de Aldea San Antonio, hace 75 años. Su padre fue un hombre de trabajo que arrendaba un campo chico en la zona de Costa Uruguay. Cuando Alejandro tenía 8 años, junto a sus padres y sus cuatro hermanas mujeres, se radicaron en Gualeguaychú.

No eran años prósperos y a Alejandro se le dificultaba el tema escolar. Para colmo, cuando tenía 11 años, su madre falleció a los seis días de haber protagonizado un vuelco con un camión en el que viajaba como acompañante, por los caminos arenosos y paupérrimos de la Rosario del Tala de aquellos tiempos.

 Desde abajo

Sus primeros años de trabajo fueron al lado de su padre, siendo muy chico. Ahí aprendió a trabajar. Manejó un camión, durante más de una década, hasta que se fue “a probar suerte con el finado Rodolfo Antúnez”. A bordo de un camión volcador cero kilómetro que le dio su empleador, transportaba ripio.

A los 22 años se casó con su actual mujer y luego de eso vinieron en seguidilla sus cuatro hijos. Para ganarse unos mangos extras, cuando se bajaba del camión, de noche cambiaba las hojas de los elásticos de otros camiones de la empresa donde trabajaba y de otros rodados que andaban de paso por Gualeguaychú.

Eran años prósperos y este trabajito extra le abrió los ojos ante la demanda porque “había muchas empresas trabajando alrededor de Gualeguaychú, en el camino a Fray Bentos y en la construcción del Puente Brazo Largo”.

Fue así que “en el 73 me bajé del camión”, recordó claramente. “Me di cuenta que cambiando hojas de elásticos iba a hacer más que con el camión, entonces me independicé y me puse a trabajar sólo, ya tenía a mis cuatro hijos”, agregó.

Como el negocio prosperaba compró una propiedad en Rivadavia y San Luis. “No había galpón, no había nada. Era el terreno pelado y con mucha tierra. Era bravo, hermano”, comentó Alejandro, aunque reconoce que fue una linda época de su vida.

Trabajaba solo y de noche lo ayudaba su mujer, que le anotaba las cosas que había hecho durante el día, principalmente la parte contable. Con los años tomaron a un contador recién recibido para que hiciera ese trabajo, un hombre que los acompaña hasta estos días, Juan Alberto Bettendorff, “el bicho”.

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Dos grandes decisiones

No corrían los mejores años de la Argentina cuando Alejandro Hermann comenzó a despegar con su negocio. Era una época de riesgo, con mucha inflación, el Plan Austral, y en ese marco surgió la posibilidad de mudar la empresa hacia un lugar más grande.

Se interesó en un inmueble ubicado en calle Paraguay, casi 2 de Abril, donde actualmente se encuentra Higiene Urbana. Pero la plata no alcanzaba y el acceso al crédito era algo imposible, entonces tomó la decisión de vender su casa como una parte del pago e irse a alquilar algo para vivir. Una jugada arriesgada, que mirada en forma retrospectiva le salió bien.

Alejandro siempre confió mucho en sus manos y en su capacidad, sabía que con ambas cosas su proyecto no podía salir mal. “No es algo común en el empresariado, y sobre todo en la idiosincrasia nuestra, una vez que tenés tu casa, a la cual tanto te costó llegar, no te querés ir más, pero Alejandro arriesgó todo, su techo, a mí me impactó mucho su decisión”, recordó Juan Alberto Bettendorff, su contador.

“Yo lo frenaba, le decía ‘no Alejandro’, pero él confiaba en su capacidad, que realmente podía llevar adelante la tarea. Pasaron situaciones difíciles porque el Plan Austral reventó en el camino, la deuda en dólares que le había quedado se le fue al diablo”, agregó.

Pero la pelea de Alejandro no fue unipersonal porque aquí aparece otra de las cuestiones que se le reconoce con grandeza a este hombre de 75 años, y es la incorporación de sus hijos a la empresa, en 1982. Pero no como hijos de… sino como socios en partes iguales. Jorge, el mayor, se dedicó a la producción de la empresa, Hugo a la administración y Juan a las ventas. Norma, es asistente social y nunca se involucró demasiado en el negocio.

“Con la incorporación de los hijos, la empresa comenzó a crecer en forma progresiva, armaron un lindo equipo, siempre invirtiendo, ellos no creen en la plata, creen en lo que se toca y se ve, esto es algo que he aprendido de ellos, la plata es algo circunstancial, efímera, no la guardan en ningún lado, todo se invierte constantemente”, contó Bettendorff.

 Vivir y dejar vivir

La idea de dedicarse a reparar y construir carrocerías vino de la mano de un acto de generosidad. Cuando Alejandro cambiaba elásticos de camiones había veces que también debía reparar algunas tablas rotas que rompían los animales en las carrocerías de los camiones de aquella época. El negocio progresaba y ya tenía algunos empleados, que para ganarse unos mangos extras, cambiaban elásticos por la noche, lo mismo que él hizo en sus inicios.

En una sabia decisión, y para no interferir o competir con los empleados, empezó a hacer acopladitos y a carrozar acoplados, algo que sus empleados no podían hacer fuera de hora. Todavía recuerda a esos dos empleados que tuvo en sus comienzos que lo acompañaron por unos dos años y luego se abrieron por su cuenta para seguir con la actividad.

Juan, el menor de sus hijos, fue el último en acoplarse al equipo Hermann. Había poco trabajo y Alejandro le dijo: “agarrá el auto y andáte a Larroque, a Gualeguay y a Galarza, vendé algo, alguna carrocería, algún arenado, pintá una carrocería, y siempre se traía algo bajo el brazo, siempre algo se vendía”.

De esta manera, la empresa empezó a caminar y a conocerse fuera de las fronteras de Gualeguaychú. Hoy es imposible no cruzarse en alguna ruta del país con un camión que tenga un acoplado o carrocería hecha en Hermann. “Después la gente comenzó a venir sola”, recuerda Alejandro, y cuando se le preguntó sobre qué es lo que tiene de particular sus carrocerías que las distinguen en el mercado, no dudó en responder: “son buenas porque se puso buen material desde el principio. Buena mercadería. Esa es la verdad. En los acoplados también se puso un buen eje, buenos cojinetes y los chasis también bien hechitos”.

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“Un emprendedor”

La empresa nunca dejaba de crecer, de una u otra manera incrementaba su producción y para ello se necesitaba más espacio. Desde el año 2006, Hermann lidera el mercado argentino en forma ininterrumpida, es primero en ventas y patentamiento, aunque hubo momentos difíciles como fue la salida de la convertibilidad. Fueron tiempos de seis o siete meses donde no se vendió nada, pero le puso el pecho a las balas y siguió adelante, de la misma forma: trabajando.

Los hijos de Alejandro, desde la parte gerencial, fueron creciendo con la empresa, “siempre conociendo las limitaciones y pidiendo la ayuda que necesitaban. Realmente unos empresarios. Se supo aprovechar la oportunidad y abrir la cabeza para el crecimiento”, señaló Bettendorff.

“Alejandro es un emprendedor, él veía más allá de todo, cosas que uno no veía, vos podés estar preparado, ser un profesional pero no ser un empresario. Él veía qué es lo que se podía hacer y por eso se jugó de esa manera”, contó “El Bicho” ante la mirada atenta de su jefe y amigo de tantos años.

“Tuvo la visión de no tener los hijos como empleados. También por su propia historia y por saber cómo son las cosas, que la plata hay que repartirla. Entonces a los hijos los incluyó en una sociedad. Les dio participación y eso también motivó a los chicos. Todos laburaban. Nunca especularon con la situación del país, confiaron siempre que más allá de que vengan las malas, ir para adelante”, explicó Bettendorff, mientras Alejandro asentía con la cabeza.

 La explosión

La llegada al Parque Industrial de Gualeguaychú en 1998 fue el gran disparador de la empresa. Compraron máquinas e hicieron una primera nave, que con los años se replicó y se construyó una segunda, de idéntica dimensiones, donde se colocaron más máquinas para aumentar la producción.

Entre 50 y 60 personas trabajaban en el galpón de calle Paraguay y un ingeniero le dice a Alejandro ‘cuando vayamos al Parque, ahí te vas a dar cuenta de lo apretados que estamos acá en este galpón y es cierto, estábamos apretados”, reconoció Alejandro.

De ese despegue, para dimensionar el trabajo y el crecimiento, la planta de empleados se cuadriplicó a 260, que trabajan en 20 mil metros cuadrados cubiertos. Nada que envidiar a alguna empresa europea de primer nivel. Observar la infraestructura y la maquinaria deja con la boca abierta al más incrédulo.

El empleado cumple un rol fundamental en la empresa y esto ha sido algo muy importante para Alejandro en toda su carrera. “Ojalá pudiera trabajar más gente, no para hacer un peso más, porque yo no me llevo nada, sino para que haya más personas que vivan de esto”.

Alejandro recuerda junto a Juan Benedetti, uno de sus primeros empleados, sus épocas difíciles en los inicios. Cuando no había mucho trabajo “hasta arenábamos bicicletas”. “Tuvimos épocas muy jodidas, complicadas, como la historia del país”, mencionó Alejandro.

Es imposible resumir en dos páginas el sacrificio y todo lo que atravesó la familia Hermann para lograr lo que hoy se levanta en el Parque Industrial de Gualeguaychú, sólo se puede decir que nadie les regaló nada, todo es en base de trabajo. Algunos, hoy en la actualidad, todavía lo recuerdan a Alejandro tirado debajo de un acoplado con la ropa de trabajo ennegrecida pero con el rostro feliz, nunca mezquino de una sonrisa.

 
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